De Prosa a Poesía en Tumblr
LXI - Miguel de Unamuno

Vuelve hacia atrás la vista, caminante, 
verás lo que te queda de camino; 
desde el oriente de tu cuna el sino 
ilumina tu marcha hacia adelante.

Es del pasado el porvenir semblante; 
como se irá la vida así se vino; 
cabe volver las riendas del destino 
como se vuelve del revés un guante.

Lleva tu espalda reflejado el frente; 
sube la niebla por el río arriba 
y se resuelve encima de la fuente;

la lanzadera en su vaivén se aviva; 
desnacerás un día de repente; 
nunca sabrás dónde el misterio estriba.

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La Oración del Ateo - Miguel de Unamuno

Oye mi ruego Tú, Dios que no existes, 
y en tu nada recoge estas mis quejas, 
Tú que a los pobres hombres nunca dejas 
sin consuelo de engaño. No resistes

a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes. 
Cuando Tú de mi mente más te alejas, 
más recuerdo las plácidas consejas 
con que mi ama endulzóme noches tristes.

¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande 
que no eres sino Idea; es muy angosta 
la realidad por mucho que se expande

para abarcarte. Sufro yo a tu costa, 
Dios no existente, pues si Tú existieras 
existiría yo también de veras.

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A Miguel Hernández, asesinado en los presidios de España (Por Pablo Neruda)

Llegaste a mí directamente del Levante. Me traías, 

pastor de cabras, tu inocencia arrugada, 

la escolástica de viejas páginas, un olor
a Fray Luis, a azahares, al estiércol quemado 
sobre los montes, y en tu máscara 
la aspereza cereal de la avena segada
y una miel que medía la tierra con tus ojos.

También el ruiseñor en tu boca traías. 
Un ruiseñor manchado de naranjas, un hilo 
de incorruptible canto, de fuerza deshojada. 
Ay, muchacho, en la luz sobrevino la pólvora 
y tú, con ruiseñor y con fusil, andando 
bajo la luna y bajo el sol de la batalla.

Ya sabes, hijo mío, cuánto no pude hacer, ya sabes 
que para mí, de toda la poesía, tú eras el fuego azul. 
Hoy sobre la tierra pongo mi rostro y te escucho, 
te escucho, sangre, música, panal agonizante.

No he visto deslumbradora raza como la tuya, 
ni raíces tan duras, ni manos de soldado, 
ni he visto nada vivo como tu corazón 
quemándose en la púrpura de mi propia bandera.

Joven eterno, vives, comunero de antaño, 
inundado por gérmenes de trigo y primavera, 
arrugado y oscuro, como el metal innato, 
esperando el minuto que eleve tu armadura.

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A Rafael Alberti (Por Pablo Neruda)

Rafael, antes de llegar a España me salió al camino 
tu poesía, rosa literal, racimo biselado, 
y ella hasta ahora ha sido no para mí un recuerdo, 
sino luz olorosa, emanación de un mundo.

A tu tierra reseca por la crueldad trajiste 
el rocío que el tiempo había olvidado, 
y España despertó contigo en la cintura, 
otra vez coronada de aljófar matutino.

Recordarás lo que yo traía: sueños despedazados 
por implacables ácidos, permanencias
en aguas desterradas, en silencios 
de donde las raíces amargas emergían 
como palos quemados en el bosque. 
Cómo puedo olvidar, Rafael, aquel tiempo?

A tu país llegué como quien cae
a una luna de piedra, hallando en todas partes
águilas del erial, secas espinas,
pero tu voz allí, marinero, esperaba
para darme la bienvenida y la fragancia
del alhelí, la miel de los frutos marinos.

Y tu poesía estaba en la mesa, desnuda.

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